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16 muertos tras tres explosiones en el aeropuerto de Aden, en el sur del Yemen 16 muertos tras tres explosiones en el aeropuerto de Aden, en el sur del Yemen

Internacional

16 muertos tras tres explosiones en el aeropuerto de Aden, en el sur del Yemen

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Al menos 16 personas fallecieron y medio centenar resultaron heridas a causa de tres explosiones en el aeropuerto de la ciudad de Aden, en el sur del Yemen, que se registraron este miércoles a la llegada del nuevo Gobierno, en el que participan también los separatistas sureños.

El vicedirector de la oficina del Ministerio de Salud en Aden, Muhammad Rubaid, dijo a la televisión estatal yemení que el saldo de las víctimas asciende a 16 muertos y 50 heridos, mientras que fuentes médicas confirmaron al menos tres fallecidos.

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Europa

Terribles comentarios en retransmisión de Los Premios Goya 2021, machismo en su máxima expresión

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Premios Goya 2021, machismo en su máxima expresión

Una desafortunada situación se vivió en el arribo de varias mujeres a los Premios Goya 2021, muchos en redes acusan en esto machismo en su máxima expresión.

Todo ocurrió en la retransmisión de RTVE a través de su Facebook donde las palabras de grueso calibre y los calificativos abundaron.

En redes sociales el tema se volvió tendencia para condenar lo hecho por estas personas que se ubicaron cerca a los micrófonos y que demuestran el largo camino por respeto que aún falta por andar al género femenino.

Comentarios machistas y sexistas en transmisión de los Premios Goya 2021

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Asia

Los primeros días de los últimos de Fukushima

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Los primeros días de los últimos de Fukushima

Hace diez años, Japón experimentó el terremoto más destructivo de su historia, uno que quedó marcado en los recuerdos desde el epicentro de la tragedia: los muertos rescatados de un amasijo de autos, aviones y barcos en Natori, el anciano viudo buscando un teléfono o un cargador en un refugio de Fukushima o el radiactivo pueblo de Futaba a punto de morir.

Es difícil digerir y contar con sus matices la tragedia de los desplazados, unos 36.000 que a día de hoy siguen desarraigados de su tierra por la radiactividad; o los minutos de incertidumbre que se convirtieron en días, y para muchos japoneses de las prefecturas de Fukushima, Miyagi o Iwate, en años.

El terremoto de Tohoku, un fenómeno de la omnipotencia de la naturaleza, se vio ampliado por el desastre de la central nuclear de Fukushima Daiichi, un accidente en aquellos días de consecuencias impredecibles y potencialmente catastróficas creado por el hombre y su progreso.

LA NOCHE DEL 12 DE MARZO

La noche del 12 de marzo en la central nuclear de Fukushima Daiichi todo eran carreras, pánico y barras de uranio fuera de control. A pocos kilómetros de ese complejo, decenas de personas, familias con lo puesto, dormían en un aparcamiento sin electricidad que solo se alumbraba con el paso de los convoyes militares.

En la zona de exclusión los teléfonos móviles solo funcionaban a ratos y la radio emitía el mismo parte de emergencia en todas las frecuencias disponibles, mientras que las réplicas y la proximidad del océano no dejaban de recordar: “llegar a mañana no depende de ti”.

Esas familias, que solo empacaron ropa para unos días, como la de Yun con sus dos hijas pequeñas, posiblemente jamás regresarán a vivir en lo que fue su pueblo, que sigue hoy detenido en la tarde del 11 de marzo de 2011.

Al día siguiente, mientras los helicópteros Chinook examinaban fugas en los reactores, decenas de vehículos permanecían abandonados en medio de las calles de Futaba, columnas de humo se dibujaban en el horizonte y al silencio solo lo interrumpían los ladridos de los perros atrapados en las viviendas recién desocupadas a la carrera.

El día 13, un domingo que podría haber sido un martes, con los reactores y las piscinas de combustible nuclear fuera de control, estaba claro que las personas que quedaban en el arco que forman Futaba, Minamisoma y Fukushima estaban abandonadas a su suerte.

UNA AMENAZA INVISIBLE Y LENTA

Poco se puede hacer contra la amenaza de una venenosa radioactividad invisible o para esquivar los isótopos de cesio, que se cuelan entre las paredes y viajan en el aire sin esfuerzo. Los átomos pueden descansar durante décadas en los pulmones o tener la concentración suficiente para firmar una sentencia de muerte irrevocable.

La experiencia de Fukushima la tercera semana de marzo de 2011 no debía distar mucho de lo que vivieron los habitantes de Pripiat en 1986, con el añadido de que la costa de toda esa zona de Japón estaba arrasada por un tsunami de una escala nunca vista y los cimientos de toda la mitad noreste de la región de Tohoku habían quebrado.

El gabinete de crisis en el centro de Fukushima, era, para los estándares de Japón, un absoluto caos de funcionarios trasnochados, técnicos de la eléctrica TEPCO trabajando sin descanso y militares y policías haciendo rondas interminables hacia la zona de exclusión.

Cualquiera podía adentrarse en ese centro de crisis, preguntar por los desaparecidos, ojear las pizarras con planes inconsecuentes o pedir un cigarrillo a quién fuera, porque fumar era lo único que servía para conjurar las prisas, aunque fuera un complemento irresponsable al más cancerígeno de los descansos.

SIN NUEVA NORMALIDAD POSIBLE PARA UN JAPÓN IRREDUCTIBLE

En los momentos de mayor crisis la gente intenta regresar a una normalidad que se les escapa de las manos de una manera casi irracional.

Tras establecer el precario perímetro de la zona de exclusión algunos intentaban colarse para volver a sus casas, mientras que en el pueblo de Iitate se afanaban por reabrir alguna ruta de autobús al tercer día, pese a que el aire rabiaba de radiactividad y muchas zonas estaban ya condenadas a décadas de abandono.

La imagen de una mujer de unos 70 años llevándose el cadáver amortajado de su marido en una pequeña furgoneta pickup, tras haber sido desenterrado por voluntarios de las inmediaciones inundadas del aeropuerto de Sendai por el tsunami, es aún hoy una muestra de la entereza de los japoneses durante una tragedia nacional para un país asentado en el “Cinturón de Fuego”.

Cuando lo peor en la central de Fukushima Daiichi parecía haber pasado y un nuevo Chernóbil era algo improbable, las madres hicieron un petate y partieron camino del sur con sus hijos pequeños, huyendo de las nubes radiactivas, sin prestar mucha atención a todas las comodidades que ese país del primer mundo no podía proveerles hasta nuevo aviso.

Once meses después, el alcalde de Iitate parecía un hombre nuevo. Norio Kanno, regidor de un municipio de parias, aseguraba desde Washington que la respuesta a la crisis siempre estuvo allí sin que se dieran cuenta, en el lema de su pueblo, que había pasado de tener 6.000 vecinos a quedar solo ocupado por fantasmas.

“El lema de nuestro pueblo es ‘madei’, que significa entorno de consideración del otro y la naturaleza. La respuesta a lo que pasó en Fukushima, a la búsqueda de prosperidad y a los problemas de esa necesidad desmedida por más energía era esa -sentenciaba el nuevo Kanno-: no acumular más cosas, sino acumular más momentos y más relaciones humanas”.

Aquellos días de dolor, los periódicos pegados a las puertas de los refugios o escritos a mano en cartulinas eran también un recordatorio de que en los peores momentos, cuando la civilización parece desmoronarse, es la prensa, la información sobre lo que ocurre, una de las pocas esperanzas en el silencio.

EFE

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Europa

La protesta polaca cristaliza en el “Infierno de las mujeres”

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Protestas

Las recientes y polémicas restricciones al aborto y la retirada del Convenio de Estambul sobre violencia doméstica centran las protestas de la campaña “Infierno de las mujeres” en Polonia este domingo, víspera del Día Internacional de la Mujer.

En octubre, el Tribunal Constitucional, controlado de facto por el gobierno del ultraconservador Ley y Justicia (PiS), se pronunció en un fallo que hace prácticamente imposible abortar legalmente en Polonia al ilegalizar el caso de grave malformación del feto.

Esto provocó una ola de protestas calificada como la mayor movilización social desde 1989. Las manifestaciones, con apoyo social mayoritario, se han extendido por todas las grandes ciudades y también algunas menores, una situación sin precedentes.

Casi seis meses después, aún pueden verse pancartas y carteles de apoyo con el emblema del rayo negro y la frase “Infierno de las mujeres”.

El Gobierno polaco intenta minimizar el alcance de estas movilizaciones e incluso desacreditarlas, tildándolas de “extremistas” y acusándolas de tener un trasfondo político en vez de luchar por derechos civiles.

La fuerte represión policial, incluida la agresión a una diputada y varios periodistas, ha sido criticada dentro y fuera del país.

Sin embargo, el respaldo conseguido por estas protestas ha ido ampliando su efecto y agregando a estudiantes, críticos con la Iglesia y colectivos de minorías sexuales.

En un sondeo del año pasado, el 13 % de los polacos quería la prohibición del aborto. Una encuesta de la radio polaca indicó que el 70 % de los encuestados estaba a favor de las protestas.

La legislación polaca sobre el aborto es una de las más restrictivas del mundo. Antes de 1989, se practicaban en Polonia unos 500.000 abortos al año y ahora, según el gobierno, se llevan a cabo menos de 1.000.

Sin embargo, más del 95 % de estas intervenciones es ilegal bajo la nueva legislación, que obliga a completar la gestación siempre que no haya peligro de muerte para la madre o se trate de un caso de violación o incesto.

Se estima que, cada año, 150.000 mujeres polacas interrumpen voluntariamente su embarazo de manera ilegal, poniendo en peligro su salud.

Actualmente no se imparte educación sexual en las escuelas polacas. Bajo el nombre de “preparación para la vida familiar”, se imparte una materia en cuyo currículo aparece la palabra “familia” 173 veces y “sexo” solo dos: una para describir el cibersexo y otra para referirse a la adicción al sexo.

Malgorzata Kulbaczewska-Figat, periodista y redactora jefe adjunta de strajk.eu, recuerda en declaraciones a Efe que en 2016 unas movilizaciones similares lograron que el gobierno diese marcha atrás.

“Lograremos lo que queremos, seguiremos luchando por la dignidad y por nuestro lugar en la sociedad polaca; con nuestra lucha en el pasado logramos nuestros objetivos”, dice.

Agata Czarnacka, activista feminista y asesora del Club Parlamentario SLD para la Democracia y la Antidiscriminación, asegura que Polonia es “un campo de batalla” para la lucha feminista global.

“Pienso que todas nosotras tenemos el mismo desafío. Que los políticos nos escuchen. Necesitamos mucha energía, mucha resistencia, mucho tiempo y mucha atención”, declara a Efe.

“Me entristece ver que los movimientos de derecha y el Gobierno polaco intentan limitar la presencia polaca en la UE, e incluso ridiculizar a la UE en Polonia. Veo que no se entiende muy bien la democracia”, comenta.

La comisaria europea de Igualdad, Helena Dalli, afirmó que “la restricción sustancial al acceso legal al aborto va en contra de las obligaciones internacionales de Polonia de respetar los Derechos Humanos”.

El portavoz del Departamento de Estado estadounidense, Ned Price, dijo recientemente que Washingtopn está “observando de cerca la situación” de Marta Lempart, la líder de las protestas detenida.

Si Polonia, como ha amenazado, finalmente se retira del Convenio de Estambul, un acuerdo multilateral sobre los derechos de la mujer y contra el maltrato sexista, será el único país de la UE ausente.

Las protestas no solo sirven como plataforma de reivindicación feminista, también han puesto de manifiesto el rechazo de gran parte de la población a otras políticas del Gobierno.

“Soy una mujer polaca y apoyo la protesta de las mujeres. He asistido en persona a estas protestas y creo que es muy importante luchar por nuestros derechos. Creo que es sobre todo político, pero también hay otras consideraciones al respecto. No abandonaremos:

lucharemos por nuestros derechos”, dice una joven polaca.

Los grupos detrás de las manifestaciones han asegurado que, a partir de marzo redoblarán sus protestas a pesar de las restricciones al movimiento y reuniones públicas impuestos por el Gobierno a causa del coronavirus.

EFE

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